Una pareja me deja pasar delante suyo en la enorme cola del súper al ver que llevo solo una o tres cosas. Una amiga me envía un mensaje y me dice: «¿ha ido bien?», mientras otro me dice: «yo te ayudo». Alguien me hace un favor y me dice que no sufra por nada, que me centre en lo que toca. Mi marido me prepara de comer algo que me encanta después de un día difícil. La señora del pan me llama guapa y me sonríe, y la de la frutería ya sabe que cuando pido guisantes quiero una buena bolsa. Las recepcionistas me dan información extra y se aseguran que lo tenga todo. La veterinaria escucha todas mis preguntas y responde con paciencia. Mi abuela asegura que mi jazmín no está seco y que revivirá. Alguien me dice de la nada: «qué bien lo haces», y otra persona me escribe un comentario apreciando algo que he escrito. Un antiguo compañero se acuerda de mí y me escribe para saber cómo va todo, y otro responde tras semanas de silencio agradeciendo las palabras de apoyo en un momento complicado. Un vecino me aguanta la puerta, otra me espera en el ascensor, yo ayudo a una tercera a abrir su buzón. Yo me digo a mí misma: no pasa nada por caer, has sido valiente.
(para tener tanto miedo, haces muchas cosas, también me digo).
Quizá lo que salvará el mundo será, además del arte, la amabilidad.
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