20210326

Apuntes sobre Recuerdos del Ayer - De cómo cargamos con el pasado allí a donde vayamos

( Por obvios motivos, puede haber spoilers )

No sé qué esperaba cuando me dispuse a ver Recuerdos sobre el ayer (Isao Takahata, 1991), pero sin duda no era encontrarme con algo que me resonara tanto, y en donde pudiera asomarme a un aspecto de mí misma para conocerme un poco mejor. 

En esta película, se sigue el viaje de Taeko hacia el campo, aprovechando unas vacaciones laborales en las que se dirige a casa de su cuñada para ayudarles en la cosecha de la temporada. Al mismo tiempo que avanza su trayecto y estadía, Taeko recuerda a su yo infantil, en sucesos que podrían parecer banales pero que marcaron muchas de sus decisiones presentes.

Me encuentro atrapada por la distancia con las personas que viven en la misma casa, con una complicidad vacua y vidas paralelas que se entrecruzan lo mínimo posible, ¿así se desarrolla la individualidad? ¿Con esta especie de sosegada soledad? Yo, hija única y nacida en un hogar en el que todos formábamos parte de la vida del resto, encuentro esta separación algo inaudito, que me genera desasosiego.


Llevarse a su yo del pasado a los viajes es algo que quizá hecho más a menudo de lo que quizá sería aceptable, pues en mi naturaleza nostálgica está el mirar hacia atrás de forma rutinaria y comparar el ayer, con el hoy y el mañana que podría llegar. En el pasado están las huellas que nos llevaron al ahora, por intrascendentes que pueda parecer: cada paso acaba formando camino, son ruta y brújula. La Taeko que iba a cuya personalidad aún se iba formando marca el ritmo con el que ella, en su actualidad, se desplaza al campo y reflexiona sobre hechos de su infancia. 

Vivimos recordando, un ojo siempre puesto hacia atrás, en lo que dejamos y lo que nos construye. Taeko vive al mismo tiempo en su viaje y en su infancia, las dos líneas temporales transcurriendo una al lado de la otra ya que solo en la superposición de los actos les damos sentido al presente. De su vida urbana, si arraigos al campo, nació una añoranza que acabó convirtiéndose en la búsqueda de, quizá, un hogar que llamar propio. 

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