20200828

Huyendo de los favoritos


Si alguien me pregunta cuál es mi libro o película favorita, soy incapaz de dar una respuesta concreta, solo atino a dar listados de aquellas obras que en su momento resonaron y cuya influencia en ese instante aún recuerdo o, quizá, aún me afecta. Hablo de aproximados, jamás de absolutos. Algunas me han encantado por ser obras que considero cuasi perfectas, otras simplemente porque era asomarme a un acantilado donde sólo sonaba el eco de mi propia voz. Sea cual sea el motivo, mis obras predilectas son siempre varias, mutan con el tiempo, a veces desaparecen del listado y en ocasiones están ahí para el resto de lo que me queda de vida.

Hay obras que llegan con una casualidad casi anormal, que se encadenan a nuestras circunstancias y se atan a ellas para arrastrarnos a sus profundidades. Es como ver nuestros contornos desdibujados en un espejo lejano, y conforme nos adentramos más y más hallamos nuestro reflejo que nos devuelve la mirada. Somos y no somos, estamos girados y con otra tonalidad, pero al otro lado hay algo nuestro, algo propio. Quizá lo que contemplamos es una vieja cicatriz, una herida que aún sangra, una promesa irreconciliable, un augurio desaprovechado, una posibilidad de aprendizaje. 

De ahí que no tenga un único favorito que resalte en mi vida sobre ningún aspecto o área, o más bien considero que es un aferramiento existencial con el que no debería obcecarme a título personal. A lo que sí me inclino es a una resonancia, a un vibrar en sintonía que superpone situación, contexto y momento, como una llamada deseada en el momento más necesario. Esa conexión de tiempo y momento creo que es lo que realmente consigue que algo nos haga palpitar, que nos conmueva hasta los más hondo y consigue que se grabe a fuego en nuestra memoria.

La madurez en criterio y en cantidad de experiencias creo que es lo que nos permite desterrar los absolutos y centrarnos en los matices, las particularidades y los grises que hablan más que el negro más opaco. Nuestra propia evolución y la exposición al mundo nos va dando las herramientas necesarias para conocernos, entender nuestra trayectoria (porque comprender el trayecto propio sólo se concibe en retrospectiva), y aumentar la exigencia con la cual contemplamos lo que nos rodea. 
 
De siempre he rechazado releer o un revisionar porque pensaba: "estoy volviendo a lo mismo cuando hay tanta novedad aún por explorar". Retornar a algo que nos conmovió o nos removió en su momento puede abrirnos una ventana a entendernos mejor, a situarnos de nuevo en un contexto pasado del cual quizá aún no hemos extraído un aprendizaje del todo... ¿es que alguna vez podemos dejar de aprender de nuestra historia?

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